
Hace poco un lector comentó, refiriéndose a un post antiguo, que el gusto está en escribir más que en publicar y que, en cualquier caso, la edición independiente es un arma valiosa para dar a el material a conocer, dejando entrever que se refería más bien a la autopublicación o a la autoedición que a la edición independiente. Así que este post es, en gran medida, una respuesta al comentario de Toto.
A diferencia de los siglos del virreinato peruano (en los que ningún libro se publicaba sin pasar por el juicio del impresor y la inquisición, con lo que resultaba imposible ser disidente y tener libros publicados), hoy existen diversas opciones para publicar un libro, desde seguir la ruta tradicional de enviar un manuscrito a una editorial (a través o no de un agente literario) hasta elaborar los libros uno mismo con ayuda de alguna impresora casera y mucha voluntad. Fundamentalmente hay tres: la autopublicación, la autoedición y la edición tradicional. Creo que es importante conocerlas con algo de detalle.
Autopublicación: ni un lector menos ni un lector más
Si bien es un camino que no goza de gran prestigio, adquiere cada vez mayor popularidad. El autor escribe un libro y, cuando considera que está listo para ser publicado, contrata los servicios de alguna empresa especializada para que le haga el resto de la tarea, que suele consistir en: diseño, diagramación e impresión bajo demanda (POD). En muy pocos casos se incluye la distribución y en muchos menos el márketing. Por su estructura, este camino resulta más beneficioso cuando quien ofrece los servicios es, a la vez, una librería virtual, con capacidad para imprimir únicamente cuando exista la demanda específica, sobre la que ambos (editor/tienda virtual y escritor) recibirán alguna utilidad. El proveedor de estos servicios mejor posicionado en el mercado es Lulu.com, y en español Bubok.com está intentando ganándose un mercado.
Este camino tiene muchos ramales, desde las empresas que brindan los servicios que acabamos de mencionar (y que encajan en el rubro técnico de producción editorial), hasta las que incluyen un servicio de valoración de las obras, las que incluyen corrección de estilo o las que brindan asesoría editorial a los autores. En todos los casos, son los autores quienes invierten en la publicación de sus obras y, por ello, tienen la última palabra respecto de las mismas. En algunos países latinoamericanos (el Perú es uno de ellos) muchas pequeñas editoriales sobreviven combinando su trabajo habitual con la publicación de obras financiadas por sus propios autores, llegando incluso a mezclarlas en su catálogo general, felizmente, esta práctica es cada vez más reducida, habiendo cada vez más editoriales que invierten en su catálogo y paralelamente (y cada vez mejor diferenciadas) otras dedicadas a la asesoría editorial y la autopublicación.
El autor que se autopublica, por lo general es aquel que descree de las editoriales, ya sea por flojera, por autosuficiencia o porque considera que son los lectores directamente quienes deben juzgar la calidad y pertinencia de su obra y no un grupo de editores o marketeros metalizados. Pues bien, este autor debe saber que, publicando al amparo de empresas dedicadas a la auto-publicación, será muy difícil que la prensa reseñe o comente su libro y que las librerías lo pongan en sus estanterías, con lo cual, quienes compren sus libros serán únicamente aquellos que ya lo estaban buscando, desde su familia o amigos hasta aquel lector que, en Bangkok, Abancay o Kuala Lumpur, estaba esperando que alguien escriba la novela de un vampiro andino rondando Asunción o la guía para vegetarianos que quieran alimentarse únicamente del producto de la tierra en zonas montañosas. Si es eso lo que quiere, publicar es ahora más fácil que nunca.
La autoedición: el autor como factótum
La autoedición es un camino aun más extremo que el anterior. Implica que el autor se transforme en un factótum y, no solamente escriba el manuscrito y financie su publicación sino que además lo diseñe, diagrame, controle el proceso de impresión, y luego, si tiene el tiempo y la capacidad, lo difunda y distribuya. Cuando esto sucede (y es muy frecuente en el Perú), el autor suele inventar un sello editorial que, casi siempre, se quedará en aquel primer título.
Este camino es más riesgoso que el anterior puesto que implica asumir una serie de competencias que, quizás, el autor no tenga. En cuyo caso el libro resultará un zafarrancho, por muy bien escrito que esté. Y como en general el autor que se autoedita tiene un perfil similar al del que se autopublica, lo mejor sería que, para evitar desastres, un autor que no maneje herramientas de edición contrate los servicios de alguna empresa especializada y confíe.
Sin embargo, si el autor posee las competencias necesarias para hacer un libro atractivo (como objeto), y lo distribuye y difunde adecuadamente, se encontrará más cerca del interés de los medios y las librerías que aquel que se autopublicó. Un caso emblemático es el de Enrique Congrains, fundador del realismo urbano e indiscutible en el canon narrativo de la literatura peruana, gracias a dos libros: Lima, hora cero y No una sino muchas muertes, que autoeditó en la década del cincuenta. Claro, Congrains era a la vez un gran escritor, un editor oficioso y un vendedor extraordinario. Pero hay que tener en claro que no todos los autores, por buenos que sean, son Enrique Congrains.
La edición tradicional: el oficio responsable
Un editor es, fundamentalmente, un lector. Un lector preparado para opinar y, con sus opiniones, enriquecer aquello que un autor ha creado. Un editor es (o debe ser) un puente entre lo que el autor espera que el lector encuentre en sus libros y lo que efectivamente el lector encuentra. Y esto con el olfato comercial suficiente como para invertir dinero en los libros que va a publicar y no quedar en bancarrota. Y esto es válido tanto en las editoriales comerciales como en las culturales, en las corporaciones y las editoriales independientes, en las literarias y las técnicas. Un editor es un lector especialista y, por lo tanto, es también un sello de garantía, esta es la ventaja fundamental de la edición tradicional sobre la autopublicación y la autoedición.
Ahora, no son lo mismo las editoriales comerciales, fundamentalmente interesadas en la rentabilidad, que las editoriales culturales o independientes, usualmente más interesadas en publicar libros valiosos para su sociedad (intentando, hasta donde se pueda, mantener el equilibrio financiero). En estas últimas es más probable encontrar un editor entusiasta, interesado en leer las obras de autores inéditos, esperando encontrar alguna joya. El problema es que, en el caso de esas editoriales, los recursos suelen ser muy limitados y, aunque las joyas aparezcan, el presupuesto no siempre alcanza para publicarlas. Con la frustración que eso implica tanto para el autor como para el editor. Pero a veces todo funciona y la joya aparece y es publicada y todos felices.
Como se ve, la tecnología y el mercado nos brindan ahora mayores facilidades de producción e incluso de comercialización, pero ello no asegura nada, ni que haya más lectores, ni que se escriba mejor. Por el contrario, como anunciaba Gabriel Zaid, al parecer hay cada vez más autores que lectores, y los editores, por pesados que nos caigan, van asumiendo con cada vez mayor fuerza, su rol de mediadores, de sellos de garantía entre tanto papel encuadernado y manchado de tinta.
A diferencia de los siglos del virreinato peruano (en los que ningún libro se publicaba sin pasar por el juicio del impresor y la inquisición, con lo que resultaba imposible ser disidente y tener libros publicados), hoy existen diversas opciones para publicar un libro, desde seguir la ruta tradicional de enviar un manuscrito a una editorial (a través o no de un agente literario) hasta elaborar los libros uno mismo con ayuda de alguna impresora casera y mucha voluntad. Fundamentalmente hay tres: la autopublicación, la autoedición y la edición tradicional. Creo que es importante conocerlas con algo de detalle.
Autopublicación: ni un lector menos ni un lector más
Si bien es un camino que no goza de gran prestigio, adquiere cada vez mayor popularidad. El autor escribe un libro y, cuando considera que está listo para ser publicado, contrata los servicios de alguna empresa especializada para que le haga el resto de la tarea, que suele consistir en: diseño, diagramación e impresión bajo demanda (POD). En muy pocos casos se incluye la distribución y en muchos menos el márketing. Por su estructura, este camino resulta más beneficioso cuando quien ofrece los servicios es, a la vez, una librería virtual, con capacidad para imprimir únicamente cuando exista la demanda específica, sobre la que ambos (editor/tienda virtual y escritor) recibirán alguna utilidad. El proveedor de estos servicios mejor posicionado en el mercado es Lulu.com, y en español Bubok.com está intentando ganándose un mercado.
Este camino tiene muchos ramales, desde las empresas que brindan los servicios que acabamos de mencionar (y que encajan en el rubro técnico de producción editorial), hasta las que incluyen un servicio de valoración de las obras, las que incluyen corrección de estilo o las que brindan asesoría editorial a los autores. En todos los casos, son los autores quienes invierten en la publicación de sus obras y, por ello, tienen la última palabra respecto de las mismas. En algunos países latinoamericanos (el Perú es uno de ellos) muchas pequeñas editoriales sobreviven combinando su trabajo habitual con la publicación de obras financiadas por sus propios autores, llegando incluso a mezclarlas en su catálogo general, felizmente, esta práctica es cada vez más reducida, habiendo cada vez más editoriales que invierten en su catálogo y paralelamente (y cada vez mejor diferenciadas) otras dedicadas a la asesoría editorial y la autopublicación.
El autor que se autopublica, por lo general es aquel que descree de las editoriales, ya sea por flojera, por autosuficiencia o porque considera que son los lectores directamente quienes deben juzgar la calidad y pertinencia de su obra y no un grupo de editores o marketeros metalizados. Pues bien, este autor debe saber que, publicando al amparo de empresas dedicadas a la auto-publicación, será muy difícil que la prensa reseñe o comente su libro y que las librerías lo pongan en sus estanterías, con lo cual, quienes compren sus libros serán únicamente aquellos que ya lo estaban buscando, desde su familia o amigos hasta aquel lector que, en Bangkok, Abancay o Kuala Lumpur, estaba esperando que alguien escriba la novela de un vampiro andino rondando Asunción o la guía para vegetarianos que quieran alimentarse únicamente del producto de la tierra en zonas montañosas. Si es eso lo que quiere, publicar es ahora más fácil que nunca.
La autoedición: el autor como factótum
La autoedición es un camino aun más extremo que el anterior. Implica que el autor se transforme en un factótum y, no solamente escriba el manuscrito y financie su publicación sino que además lo diseñe, diagrame, controle el proceso de impresión, y luego, si tiene el tiempo y la capacidad, lo difunda y distribuya. Cuando esto sucede (y es muy frecuente en el Perú), el autor suele inventar un sello editorial que, casi siempre, se quedará en aquel primer título.
Este camino es más riesgoso que el anterior puesto que implica asumir una serie de competencias que, quizás, el autor no tenga. En cuyo caso el libro resultará un zafarrancho, por muy bien escrito que esté. Y como en general el autor que se autoedita tiene un perfil similar al del que se autopublica, lo mejor sería que, para evitar desastres, un autor que no maneje herramientas de edición contrate los servicios de alguna empresa especializada y confíe.
Sin embargo, si el autor posee las competencias necesarias para hacer un libro atractivo (como objeto), y lo distribuye y difunde adecuadamente, se encontrará más cerca del interés de los medios y las librerías que aquel que se autopublicó. Un caso emblemático es el de Enrique Congrains, fundador del realismo urbano e indiscutible en el canon narrativo de la literatura peruana, gracias a dos libros: Lima, hora cero y No una sino muchas muertes, que autoeditó en la década del cincuenta. Claro, Congrains era a la vez un gran escritor, un editor oficioso y un vendedor extraordinario. Pero hay que tener en claro que no todos los autores, por buenos que sean, son Enrique Congrains.
La edición tradicional: el oficio responsable
Un editor es, fundamentalmente, un lector. Un lector preparado para opinar y, con sus opiniones, enriquecer aquello que un autor ha creado. Un editor es (o debe ser) un puente entre lo que el autor espera que el lector encuentre en sus libros y lo que efectivamente el lector encuentra. Y esto con el olfato comercial suficiente como para invertir dinero en los libros que va a publicar y no quedar en bancarrota. Y esto es válido tanto en las editoriales comerciales como en las culturales, en las corporaciones y las editoriales independientes, en las literarias y las técnicas. Un editor es un lector especialista y, por lo tanto, es también un sello de garantía, esta es la ventaja fundamental de la edición tradicional sobre la autopublicación y la autoedición.
Ahora, no son lo mismo las editoriales comerciales, fundamentalmente interesadas en la rentabilidad, que las editoriales culturales o independientes, usualmente más interesadas en publicar libros valiosos para su sociedad (intentando, hasta donde se pueda, mantener el equilibrio financiero). En estas últimas es más probable encontrar un editor entusiasta, interesado en leer las obras de autores inéditos, esperando encontrar alguna joya. El problema es que, en el caso de esas editoriales, los recursos suelen ser muy limitados y, aunque las joyas aparezcan, el presupuesto no siempre alcanza para publicarlas. Con la frustración que eso implica tanto para el autor como para el editor. Pero a veces todo funciona y la joya aparece y es publicada y todos felices.
Como se ve, la tecnología y el mercado nos brindan ahora mayores facilidades de producción e incluso de comercialización, pero ello no asegura nada, ni que haya más lectores, ni que se escriba mejor. Por el contrario, como anunciaba Gabriel Zaid, al parecer hay cada vez más autores que lectores, y los editores, por pesados que nos caigan, van asumiendo con cada vez mayor fuerza, su rol de mediadores, de sellos de garantía entre tanto papel encuadernado y manchado de tinta.
2 comentarios:
gracias jaru por volver
buen blog.
y felicidades a los editores peruanos, hacen intentos interesantes por la edición. me toco charlar en la FIL de México con Lasso de Estruendo y Villa de Borrador.
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