sábado 12 de mayo de 2007

Precio fijo



A sugerencia de un comentario de Leroy Gutiérrez al post anterior, busqué en Letras Libres los artículos Los inicios de una colección, recuento del origen de Panorama de Narrativas (con la habitual referencia al milagro Kennedy Toole), y La marca editorial como contraseña, que defiende la importancia de las editoriales independientes (de las que hablaremos en un próximo post), ambos de Jorge Herralde, fundador y director de Anagrama. Los dos me parecieron interesantes y los recomiendo. Sin embargo, mientras buscaba los artículos el azar me llevó a encontrar en la misma revista otros tres, uno del propio Herralde y dos del siempre agudo Gabriel Zaid sobre el precio fijo del libro en México, a partir de la ley propuesta, discutida y aceptada en el congreso, y posteriormente -en el límite del plazo- vetada por el presidente Fox, poco antes de dejar su gobierno el año pasado, y me pareció interesante traer el tema a colación.

El precio fijo para el libro, como anota Herralde en su artículo, es una propuesta que nació en Francia bajo el impulso de Jérôme Lindon en la década del setenta y que se concretó en la llamada Ley Lang, que está vigente en ese país desde 1981. Consiste en eliminar la libre regulación del precio de los libros por el mercado, autorizando el estado al editor a fijar un precio único para cada uno de sus títulos, que es el que deberán pagar los compradores en cualquier punto de venta del estado que fija la ley, independientemente del descuento que el editor haga a las librerías. Esto elimina la posibilidad de que éstas compitan por el precio de los libros, lo cual favorece la existencia de pequeñas librerías, lo cual, a su vez, beneficia a los editores, quienes cuentan con mayor cantidad de espacio de exhibición y, por lo tanto -muy probablemente- generen un mayor volumen de ventas con lo que podrán reducir sus precios paulatinamente sin reducir sus ganancias (al contrario, incrementándolas en la medida en que crezca el volumen de ventas), beneficiando finalmente al consumidor, quien tendrá más librerías y menores precios para elegir. Esto, por supuesto, en el mejor de los casos y en un plazo o mediano o largo. Para los detractores del precio fijo, en cambio, se trata de un atentado contra los consumidores, que permite a los editores disparar sus precios con la venia de los estados.

En Latinoamérica, dos de los tres mercados más importantes del libro: Brasil y Argentina, cuentan con precio fijo, el otro gran mercado, México, estuvo a punto de tenerlo. En el primero de los dos artículos de Zaid sobre el tema, llamado Librerías y precio fijo, y publicado en agosto de 2005 (cuando la ley era una propuesta), Zaid hace una breve historia del precio del libro en México, que va desde un antiguo precio fijo -sin regulaciones de por medio-, con baja rotación en librerías, hasta el dumping español, la inestabilidad de los precios y la desaparición de librerías y, por consiguiente, el endurecimiento del negocio. Zaid concluye esperanzado en la aprobación de la ley, que permitiría "que el desierto reverdezca". Pero la ley no se aprobó y el propio Zaid publicó en la misma revista el artículo Hacia un país sin librerías, en diciembre de 2006 (cuando ya se había vetado el precio fijo), en el que hace un diagnóstico feroz del estado actual de la lectura en México y las consecuencias de carecer de una política de precio fijo (aplicable, por lo demás, a muchos países latinoamericanos).

El debate -que en muchos de nuestros países ni siquiera se ha generado- es muy importante y debería estar en la agenda de todas las Cámaras del Libro y gremios y asociaciones de editores. Por lo pronto, (re)pongo el tema en el tapete y los invito a revisar el número que dedicó al tema la revista Pensar el libro, del CERLALC, en agosto del 2006.
Imagen extraída de aquí.